viernes, 29 de junio de 2012

ENEMIGOS INTIMOS - El disco de la discordia.

ENEMIGOS INTIMOS (1998)
La vida moderna (Sabina-Paez) 2:34 - Lázaro (Sabina-Paez) 2:12. Llueve sobre mojado (Sabina-Paez) 5:29 Tengo una muñeca que regala besos (Sabina-Paez) 3:12 Si volvieran los dragones (Sabina-Paez) 4:26 Cecilia (Sabina-Paez) 4:07 Delirium Tremens (Sabina-Paez) 5:00 Yo me bajo en Atocha (Sabina, Varona, De Diego) 4:55 Buenos Aires (Sabina-Páez) 4:23 Mas guapa que cualquiera (Sabina-Paez) 4:16 Flores en su entierro (Sabina-Paez) 4:28 Hasta cuando? (Sabina-Paez) 3:46 La canción de los buenos borrachos (Sabina-Paez) 6:14 Enemigos íntimos (Sabina-Paez) 4:13

Músicos: Antonio De Diego, Pete Thomas, Guillermo Vadalá, Ulises Burtrón, Chofi Faruolo, Hugo Fatorusso, Gabriel Carámbula, Negro Garcia López, Nico Cota, Fito Paez, Orquesta Euforista de la Ciudad de Buenos Aires.
Coros: Antonio De Diego, Fabiana Cantilo, Blacanblues, Rita Pauls, Claudia Puyó, Fito Paez, Joaquín Sabina, Coro Polifónico de la falsa escuadra de Villa Devoto.

Mucho se habló de las tortuosas sesiones de grabación de Enemigos Intimos, en las cuales Sabina y Páez llegaron a la conclusión de que sus hábitos y formas de ser los hacían incompatibles para trabajar juntos. Poco lugar quedó para apreciar lo que en definitiva los reunía, que era la creación artística popular, y a la cual honraron con un producto superior a la media standard de este tipo de encuentros. Parte de la clave de este logro se debe a que el encuentro pescó a Sabina en plena marea alta de su creatividad, sin desmerecer en lo más mínimo las dotes naturales del rosarino, quien asumió de manera unilateral el rol de productor exigente y obsesivo. Así, la ausencia de química interpersonal no afectó en lo más mínimo la parte creativa y como resultado, cada uno de los temas es más que la curiosidad de “Sabina haciendo la letra y Páez la música” o “un disco de Páez con letras de Sabina”; son excelentes ejemplos de amalgama poético musical. Acaso en la consideración global de producto no lleguen a ese plus que hace a la obra superior a la suma de sus temas, y ahí tal vez sí hayan jugado su parte las disidencias que se produjeron en los estudios Circo Beat de Buenos Aires a la mejor manera de las sesiones de Let It Be. Así y todo, el álbum tiene rasgos que lo cohesionan, tanto a nivel temático, musical y poético: la mención de elementos de la geografía porteña (la General Paz, el Clarín, Arlt, Florida, la Capital, amén del homenaje expreso de Buenos Aires y el catálogo de medicinas universales de Si volvieran los dragones) y ciertas marcas lunfardas (en especial en Lázaro) que marcan una porteñización operativa del discurso de Sabina. Es como si las circunstancias de gestación de la obra (Sabina residiendo y grabando en Argentina un disco con el argentino Páez) hubieran marcado a fuego ese período compositivo a punto tal de, en más de una ocasión, convertirse en el referente del discurso, tal como aparece evidenciado en Lázaro: “Hey, socio, que esto es un negocio/Échame una mano/Siéntate al piano/Hey, Fito, que te necesito”. Una variable de lo mismo es la mención a temas del rosarino: El amor después del amor, Circo Beat, Un vestido y un amor
Otra marca de fábrica de Joaquín presente a lo largo del disco es la recontextualización de símbolos: Mona Lisa llorando en el jardín, Adán y Eva sufriendo las inclemencias del tiempo, Julieta denunciando a Romeo…
A nivel musical los puentes y estribillos cuentan con una personalidad propia que sugiere un intento de autonomización del tema central (Hasta cuando, Llueve sobre mojado, Si volvieran los dragones, entre otros).
Sí es preciso reconocer que en el balance final parece un disco de Páez con Sabina como invitado y eso se nota desde los primeros compases de La vida moderna. El motivo principal (y uno de los ejes de la discordia) se debe a que la banda de acompañamiento fue el grupo estable de Páez, quien, como toda concesión, apenas permitió la presencia de Antonio García de Diego tocando guitarra española en una ocasión (en Más guapa que cualquiera) y haciendo coros en otra (Yo me bajo en Atocha).

Los primeros compases de La vida moderna, el tema de apertura, indican que es tan de Páez en la melodía y los arreglos, como de Sabina en la letra. Joaquín, que ya anteriormente había brindado excelentes metáforas de la vida ciudadana en Calle melancolía o Pongamos que hablo de Madrid, se muestra aquí más científico, (a la manera del “la pasión, por definición no puede durar” de Mentiras piadosas) al referirse al “álgebra de la vida moderna” o en la sentencia final: “La soledad es la ecuación de la vida moderna”. En tal sentido, la relación entre la tecnología de punta (MTV, Internet, los ordenadores), y elementos que connotan dolor físico o psíquico (la sangre, el cadáver, la lágrima) funcionarían como las premisas previas a la dura conclusión. Una vida que ha medida que se tecnifica, pierde un poco de humanidad. De hecho, lo que acaba perdiendo (el bendito exceso) lo hace a bordo de un romántico galeón, símbolo del pasado, en el cual naufraga.
El final tiene al sujeto (asumido como mártir y filósofo) esperando el rescate de la mujer, a la manera del grito angustiado de Help!, de Lennon “Y al final/Nunca sé como empezar/A decirte a gritos/Que necesito más que respirar/Que necesito escapar/Del purgatorio de sobrevivir/Hasta el año dos/Hasta el año tres/Hasta el año diez/Hasta el año cien mil”. La visión es más Páez que Sabina.
Musicalmente es tan breve como efectivo, con una base que compite en floreos y efectividad y los teclados sumando una nueva voz al dúo Páez-Fabiana Cantilo El metro irregular sugiere que surgió primera la música.

De no ser porque el arreglo inicial de es una variación del Las chicas van igual (de Circo Beat) Lázaro podría parecer (escuchado fuera de contexto) un tema íntegramente de Sabina. Uno de los enfoques más originales. Una exhortación a la vida, desplegando un catálogo de cosas buenas y malas, en definitiva inevitables: “Aquí te esperan Las ojeras del mar/El recibo del gas/La gorda de la esquina/Y el Clarín y el Prozac/Y crecer y subir y bajar/Y el otoño, el café, la rutina/ Y Tom Waits y Edith Piaf...”. Para cualquiera que desconozca la filosofía de Sabina respecto de la vida y la cuidad, esta apelación a vivir en el mismo mundo deshumanizado que un minuto atrás se criticaba en La vida moderna podría desconcertar a más de uno. Como condimento adicional, el texto presenta la primera fuga meta-referencial a la situación de composición y grabación: “Eh, loco, contrólate un poco/Mira que las musas no aceptan excusas/Eh, pibe despiértate y vive” podría ser una reflexión (en diálogo) de las diferencias que tensionaron la realización del álbum. (Entre otras cosas Páez condenaba el desorden horario de Sabina).
Sabina utiliza un sociolecto propio de Buenos Aires: flaco, viejo, socio, loco, el Clarín… y sale airoso a pesar de la vocalización netamente “gallega”.
La frase “el amor después del amor, después del amor” es una clara alusión al tema homónimo de Páez y no será la única con carácter metar
El piano y el bajo contrapuntean detrás de la voz grave y lúgubre de Sabina, de sujeto pervesor, contrarreligioso. Los arreglos enfocan la creación de un clima particular, denso y amenazante, que salta a primer plano durante los compases dedicados al (inexistente) solo. Uno de los mejores temas del álbum.

En Llueve sobre mojado por primera vez, el talento melódico de Páez (la octava media es inmejorable) y el lírico de Sabina se funden en equilibrada armonía en esta reflexión sobre las desventuras maritales, tema “harto sabiniano”, así como ciertas marcas discursivas, como la parodia de elementos culturales: Adán y Eva y Romeo y Julieta sufriendo los avatares de la modernidad o el asesino decepcionado por El Padrino II. Como una continuidad del tema de apertura (la relaciòn podría ser de inclusión: en un contexto negativo –el mundo moderno- todo lo que ocurre dentro de él –las relaciones de pareja- sale mal), vuelven las metáforas llevadas de la mano del álgebra: “Dormir contigo es estar solo dos veces/Es la soledad al cuadrado”

La presencia de la Orquesta Euforista de la Ciudad de Buenos Aires, con su sección de vientos, más los coros a cargo de las Blacanblues y Fabi Cantilo, le dan un toque soul y lo emparentan armónicamente con el tema de apertura, aunque aquí, Fito y Joaquín cantan a dúo. Los coros en particular empiezan en plan de apoyo, como suaves murmuraciones y acaban “in crescendo” totalmente desenfrenados, librados a improvisaciones, diálogos y contrapuntos en lo alto de la escala. Dionisíaco. Nota: el comentario inicial de Paez, admirando un fragmento del texto, revela, pone en evidencia de manera explícita, que la letra es de Sabina.
Nota II: “Ayer Julieta denunciaba a Romeo/Por malos tratos en el juzgado” es un verso reciclado del inédito Una ola de frío.

Tengo una muñeca que regala besos trae nuevamente el referente local: Arlt y el tango (“Ya sé que la vida es una herida absurda”). La larga estancia de Sabina en Buenos Aires le hizo abrevar como nunca en los elementos porteños. Pareciera ser uno de los motivos que estructuran su poesía en este disco, como si se tratara de una línea de trabajo: “escribir sobre Buenos Aires”. Así y todo, esta letra en particular podría pasar como una de Páez, con su referencia a la infancia y la locura (“Loco, mareado por los focos/De azúcar y de sal/De miedo y vanidad/Del siglo que cumplí/Del pibe que no fui”), a menos que Sabina haya escrito entrando en la frecuencia poética del rosarino, cosa posible y probable. En honor a la verdad, todo el tema parece plenamente compuesto e interpretado por Fito. Solo un par de versos (“Y cuando tardas en venir/Mi cama es una cama de hospital”) que recuerdan a las brillantes comparaciones de Y sin embargo, revelan la mano de Joaquín.
Es un tema ligero, melódico y relajado. El fondo musical es sostenido por la percusión y cuenta con la presencia de Hugo Fatorusso en teclados. Un lujo.

En el magnífico Si volvieran los dragones el plan general parece deberle más a Joaquín que a Fito, con la coda extensa (casi un tema dentro de otro) que pone la canción patas para arriba, acaparando toda la atención cuando debería distenderla. Por fin Sabina despliega toda su artillería poética, más contenido en la primera parte, con algunas perlas tales como “Si bailaran rock and roll los generales/Si cantara el gallo rojo del amanecer” y decididamente brillante en la extensa enumeración final, a la manera de Mas de cien mentiras. Reunión de cosas necesarias para hacer la vida más gentil o para mostrar las coordenadas ideológicas (en este caso compartidas por ambos) desde donde se piensa y se habla, con el sutil detalle de la inclusión de Sgt. Pepper, un bestiario en sí mismo dentro de un bestiario o un link a otro bestiario, como prefieran. Todo lo precedente ubica al texto fuera del alcance (o del estilo, para no ser tan malos) de la mayoría de los letristas populares.
Los ataques orquestales crean un clima soberbio que refuerza la trascendencia del texto. Es un fondo musical más familiar para Joaquín, con su lógica de acumulación progresiva aunque ciertos pasajes evocan timbres y armonías características de temas de El Amor Después Del Amor.

Cecilia, tiene un comienzo a lo Glenn Miller, con la irrupción de la orquesta para sustentar el primer verso de manera dulce y lánguida y elevarlo a los cielos de “polvo de estrellas”. “Canción de amor para el amor (Cecilia Roth) de mi íntimo enemigo”, declara Joaquín en Con Buena Letra, e impresiona que la admiración de Paez hacia el talento letrístico de Sabina haya llegado hasta el punto de encomendarle un texto tan personal, ante lo cual este último supo responder con sobrio oficio generando un retrato de “convivencia romántica con dificultades inherentes” (“Cada sábado bronca y despedida/Cada domingo reconciliación”). La trampa está en el hecho de que Sabina probablemente conociera a la Roth mucho tiempo antes que Paez, ya que esta residía en Madrid, lo cual, dicho sea de paso, a igual que la mención al Vasco Bigarrena, funciona como un elemento de cohesión emotiva.
Por momentos puede parecer desbordado y burgués, pero fue pensado como tal, y funciona.

Como fuerte contraste sigue Delirium tremens: discurso retrospectivo del sobreviviente de los excesos, punto de reunión natural de las poéticas de los dos enemigos. Las marcas poéticas distintivas sugieren un colaboración en el plano letrístico (o, una vez más, Sabina cambiando de frecuencia). La primera estrofa presenta dos versos característicos de Paez, cantados por él (“Y ya que me preguntas te diré/Que sé lo que es tener catorce años y estar muerto”), luego de lo cual irrumpe la voz de Sabina y su inconfundible retórica (“Lobo de mar anclado en la ciudad/Cansado de olvidar una mujer en cada puerto”). El procedmiento se repite al promediar el tema” Y ya que insistes déjame añadir/Que sé lo que es dormir desnudo, en cana y esposado/A la intemperie de la multitud clavado en una cruz/Con un ladrón a cada lado”, todo lo cual deviene en el producto final de un yo poético escindido pero a la vez homogéneo.
Musicalmente es lo más pesado del disco, con un riff básico -a la manera del García de los ochenta- sosteniendo la primera parte. Sobre el final la estructura se abre a lo experimental, con tropiezos deliberados, disonancias y frases escupidas en la cara del oyente.

Yo me bajo en Atocha alcanza un dramatismo que no posee el resto de los temas, más dominados por el aire pop de Páez. Una vez más el retrato de Sabina no discrimina símbolos contrarios a su ideología (“virgen de la Almudena”), sacrificando una visión impresionista en aras de otra más objetiva. El único momento en que deposita su ideología es en el magnífico “Con su no pasarán”, símbolo eterno de la gloriosa República y en la elección del Atleti antes que el monárquico Real. Una segunda parte de Pongamos que hablo de Madrid con su consabida visión urbana de reunión de opuestos (“A mitad de camino entre el infierno y el cielo”) pero con un enfoque más objetivo, como un collage de instantáneas donde se amalgama lo tradicional y lo moderno (“Su taleguito de hash, sus abuelitos al sol”)
Si bien los arreglos, a juzgar por los créditos, corresponden a Paez, la producción sabe a Varona/de Diego, con los sintetizadores sosteniendo la voz y el clima “in crescendo”.

Sigue su contracara, Buenos Aires, interpretado, como corresponde por Fito. El hecho de que Joaquín lo excluyera de su recopilación Con Buena Letra sugiere que el texto es de Páez, sin embargo, versos como “San Martín y Santa Evita montan una agencia de publicidad” son frases dignas de Sabina. Sea de quien sea, contiene imágenes agudas y certeramente descriptivas: “En Buenos Aires nos acechan los fantasmas/Del pasado y cada tango es una confesión/Cuando en el mundo ya no quede nada/En Buenos Aires la imaginación”. Es de destacar que a nivel musical consiga la misma energía que los temas con orquesta con una simple formación de banda: batería, bajo, guitarras y teclados.

Más guapa que cualquiera tiene como principal mérito la presencia de Sabina, Calamaro y Páez alternando la parte vocal. Sin embargo algo le falta, o acaso su presencia en ese lugar del álbum (el momento previo al final) donde la atención del oyente se relaja un poco lo hace entrar por la puerta de atrás. El esquema lírico está copiado de Quién me ha robado el mes de abril?, con su historia de soledad en tres partes, con la diferencia que el sujeto lírico aparece involucrado en las mismas de manera activa, como revelan los mejores versos del tema: “Y, mil años después, cuando otros gatos/Desordenan mis noches de locura/Evoco aquellos ratos/De torpes calenturas”.
El contrabajo acústico le da un sabor especial, el piano de Fatorusso y la guitarra española de Antonio sostienen la voz en todo momento. Sin embargo, no termina de cuajar…

Impronta piazzoliana para el comienzo de Flores en su entierro, dedicado al cantautor vasco Mezo Bigarrena, que se suicidara poco tiempo antes en los bosques de Palermo. Otro vínculo común entre España y Argentina, da como resultado un yo poético que hunde raíces simultáneamente en las experiencias autobiográficas de Sabina y Páez. No es de lo mejor; su valor reside en el gesto de recuerdo y homenaje al amigo ido. Lo mejor surge cuando Sabina amalgama las referencias reales y artísticas del personaje: “Veinte años atrás lo conocí/En Londres, conspirando contra Franco/Era el rey del aceite de hashís/Y le excitaba más robar un banco/Que el mayo de París”. Incomprensiblemente, el final se vuelve descaradamente melodramático “Parece que fue ayer cuando se fue/Al barrio que hay detrás de las estrellas/La muerte, que es celosa y es mujer/Se encaprichó con él/Y lo llevó a dormir siempre con ella”. Si fue un intento deliberado, a la manera de Cecilia, aquí no convence. Por suerte la instrumentación rehuye a todo eso.

Hasta cuando supuso un dilema para Sabina, que no tenía interés en tocar el problema de la ETA. Aparentemente el tema habría salido instancias de Páez. Consecuentemente la letra evita caer en juicio de valor, planteando una situación ambigua con una mirada objetiva, como para que el lector decida: “Entierros en Cádiz/Comando en Madrid/Soñando en euskadi/Con una frontera en Touluouse/Y otra en Valladolid/Sobre un cielo helado/De víscera y nata/Tormenta escarlata/Sangre en el tejado/Y tripas de cualquiera/Junto a la cartera/De un guardia jurado”. Es tal vez, lo más honesto que podía hacer ante una situación tan problemática como el problema vasco. De hecho, cuando pretende ser testimonial, cae en la ingenuidad y la inofensión: “Vamos a matar la muerte/Vamos a inventar una canción/Por la gente sin voz/Que no quiere olvidar”. Ojalá el arte pudiera.
Musicalmente consigue levantar un clima que se había empantanado, en especial gracias al corte rock (aquí está la guitarra de Gabriel Carámbula) la intervención vocal de Sabina con mucha garra.

La entrada en la recta final del álbum comienza con La canción de los buenos borrachos, un tema alcohólico de fondo acústico de contrabajo, piano y acordeón. La orquesta acumula instrumentos y permite el lucimiento ocasional de sus solistas. El final a cargo del Coro Polifónico de la Falsa Escuadra de Villa Devoto (Baglietto, Rep y Rodrigo Fresán, entre otros) le da el toque de tribuna necesario. El texto impecable retoma los guiños autorreferenciales y de sincretismo hispano-argentino: “Y ese tango compadrito del sur/Y un fandango de gitano andaluz/Y un piano con dos copas de más/Y unas manos que lo sepan tocar”. Preanuncian la despedida definitiva de la mano del mediocre Enemigos íntimos, leit motiv central del álbum, que juega con las figuras de artistas de Sabina y Paez La contradicción inaugural (“prohibido prohibir”) parece anticipar otras, que enfrentan sentencias tales como “enemigos íntimos del cálculo y la norma” a un resultado final redondo y ortodoxo, aunque perfecto.

Demasiado autocomplaciente y egocéntrica (del ego de los personajes Paez y Sabina), es un homenaje al autobombo. Como si hubiera una falta de confianza en el discurso y por lo tanto se recurriera al recurso fácil de hablar de si mismo. Es casi la única mancha en un disco esmerado. Acaso uno esperaba escuchar lo que ambos tenían que decir acerca del mundo y en cambio de dedicaron a hablar de ellos.

3 comentarios:

  1. Ni un comentario para tan buen trabajo? Me parece una injusticia. Gracias por la lectura! Coincido en todo, solo agregaría "Flores en su entierro" como otro de los mejores temas del disco.

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  2. Espectacular reseña. Pero espectacular. Ojalá algún día pueda hacerlas tan bien como tú.

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  3. No leo mucho entusiasmo ,se me hace muy falta.de meritos la nota, ahunque claro muy buena,
    .pienso que los dos son genios..en sus mundos y espacios lo son..

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