viernes, 29 de junio de 2012

FÍSICA Y QUÍMICA - La consolidación del equipo autoral.


FISICA Y QUIMICA (1992)
Y nos dieron las diez (Sabina) 5:00 – Conductores suicidas (Sabina-Varona-Vargas) 5:02 – Yo quiero ser una chica Almodovar (Sabina-García De Diego-Aute) 4:10 – A la orilla de la chimenea (Sabina-García de Diego-Varona-Nodar-Asua) 4:08 – Todos menos tú (Sabina-García de Diego-Varona-Nodar-Asua) 4:26 – La del pirata cojo (Sabina-Varona-García de Diego) 4:36 – La canción de las noches perdidas (Sabina-Varona-García de Diego) 3:51 – Los cuentos que yo cuento (Sabina-Varona-García de Diego) 3:27 – Peor para el sol (Sabina-Varona-García de Diego-Nodar) 4:54 – Amor se llama el juego (Sabina) 4:31 – Pastillas para no soñar (Sabina-Varona-García de Diego) 3:56
Duración total: 48:33
Producción: Joaquín Sabina, Pancho Varona y Antonio García de Diego.

Mientras trataba de asimilar el mal trago de su última edición, Sabina e Isabel Oliart recibían el 16 de enero de 1990 a su primogénita Carmela Juliana. Los meses siguientes los pasó Joaquín defendiendo diversas causas: la paz, la cultura, la libertad (la Ley de Seguridad Ciudadana amenazaba convertir España en un estado macartista). No estaba mal para distraerse. Lo cierto es que las desmedidas críticas a Mentiras Piadosas habían hecho tambalear la fe compositiva de Sabina. Durante un período de tiempo se sintió incapaz de producir nada que no fuera por encargo. Finalmente, un buen día nació Y nos dieron las diez, y ya roto el terror a la partitura en blanco vinieron como vendaval las restantes canciones de la obra que inicia su mejor etapa. Cinco discos densos, fuertes y de una creatividad difícil de igualar y de mantener por mucho tiempo (de hecho, esta escalada creativa se verá interrumpida por su alejamiento y reclusión a partir de 2003). En Física y Química (originalmente Verdades Como Puños) Sabina consiguió que la totalidad volviera a ser más que la mera suma de canciones (cosa que no ocurrió con esa especie de recopilación de grandes hits que fue Mentiras Piadosas) y manteniendo al mismo tiempo la frescura y el gancho del disco anterior (cosa que le faltó al cerebral El Hombre Del Traje Gris). La diferencia entre este álbum y los anteriores es la madurez alcanzada en esos años de explosión internacional: un público más variado y amplio aporta nuevos insumos experienciales al tiempo que demanda un mayor esfuerzo creativo. Sabina, conciente de que ahora era escuchado por el doble de gente que antes, verificó el límite de sus posibilidades y expandió sus fronteras (ya con la colaboración plena de Pancho Varona y García de Diego en la parte musical). Los mejores temas de Física y Química no tienen el alto impacto de los de Mentiras Piadosas pero ganan, en cambio, en trascendencia, esa fuerza que algún día los ubicará en la mejor tradición del bolero, el jazz o algún otro género popular.
El grupo básico quedo constituído por Oscar Quesada en batería, José Nodar en bajo, Antonio García de Diego en teclados, bajo y guitarra, Panchito Varona y Jaime Asúa en guitarras. Sabina toca poco y nada y la misma formación se encarga básicamente de los coros. En algún que otro tema se suman Andreas Prittwitz en saxo y clarinete, Jim Kashishian en trombón, Miguel Chastang en contrabajo, Federico Ruyra en acordeón, Wally Fraza en percusión, Javier Vargas y José Romero en guitarra, Antonio Calero en escobillas, José A. Romero en guitarra española, Ana Toca en violoncello y Mercedes Dorestes, Doris Cales y Cristina Gonzáles en coros. Además se contó con la participación especial de Andrés Calamaro y la Banda Municipal de Getafe para el tema de cierre.
Fue presentado el 16 de mayo de 1992 en el Pabellón de los Deportes del Real Madrid y al mes siguiente en diversos países de Sudamérica, donde Sabina ya era quien es.

Y nos dieron la diez es un relato de conquista y coito infinito protagonizado por un cantante. Historia libertina, con sujeto donjuanesco, ambientada en bar (uno de los espacios más entrañables para Sabina), con un desenlace de pérdida, a lo culebrón (“Y no hallé quien de ti me dijera ni media palabra/Parecía como si me quisiera gastar el destino una broma macabra”), gesto romántico incluído (“En lugar de tu bar encontré una sucursal del Banco Hispanoamericano/Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales”). Considerando que Sabina, para cuando irrumpió por primera vez en el Nuevo Mundo, ya tenía más que construída y probada a fuego su imagen de Casanova insaciable, el tema contaba con todos los elementos (formales y cholulos) para convertirse en el hit masivo que fue. Más allá, las nuevas influencias se notan en el aire ranchero (el primero en ¾ desde la época de Inventario). La formación musical es atípica para el disco: es el único tema donde Sabina toca un instrumento (guitarra), no hay batería y el bajo está a cargo de Antonio. El resto es un clarinete y el acordeón que da la introducción, el solo obligado y la coda.
Un tema standard y emblemático para el Sabina de los 90. E
Nota: el gesto antimperialista de arremeter contra el banco lo repite Sabina en A la sombra de un león (“y chocó contra el Banco Central”) aunque la idea ya la trabajó Serrat en Los fantasmas del Roxy (Bienaventurados 1987) y la retoma quien les habla en su primerísima novela “Los fantasmas del Gasómetro”; Ideas Vivas Editores; 2006.

Mucho mejor, aunque menos célebre, es Conductores suicidas, un número pop con impronta blusera. Un ritmo sostenido de batería programada, una voz podrida hasta el hastío y esas oportunísimas respuestas de guitarra lo hacen uno de los temas más vitales de la colección. Hay un doblaje voz-guitarra al final de las estrofas que muestra la habilidad vocal de Sabina. Todo eso sin mencionar la historia muy bien contada de alguien que se pasó de la raya (“¿Cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida/El mejor dotado de los conductores suicidas”?), que revela el costado más burgués de Joaquín. El mismo ambiente que lo dotó de la enciclopedia necesaria para cantar a la marginalidad paralelamente lo predispone a alertar sobre los riesgos de los excesos, quizás, por primera vez, de manera algo sermonera (“creo que de un tiempo a esta parte te has deslizado al lado marrón”) que inclusive prevée la posible respuesta (“No es asunto tuyo -me dirás- y punto”).

Yo quiero ser una chica Almodovar es un tema perfecto en su concepto y en su talante. Fundador de un nuevo género: la canción-catálogo, en la cual se pasa revista a la obra de un artista, en este caso Pedro Almodóvar (más adelante haría lo mismo con Serrat en Mi primo el Nano). El texto responde a un plan previo muy rígido que lo dota de su fuerza y su límite. Una vez más, como en El Muro de Berlín, Sabina recurre a la ironía para comentar el mensaje del cineasta en un discurso que contiene algún toque crítico al relativismo posmodernista: “Yo quiero ser una chica Almodóvar/Que a su chico le suplique `átame´/No dar el alma sino a quien me la roba/Desayunar en Tiffany´s con el/Y no permitir que me coman el coco/Esas turbias movidas de croatas y serbios”. Hubo algún malentendido en el sentido de que Sabina criticaba el enfoque o la estética de Almodóvar; en realidad se trataba de un homenaje. Curiosamente, el elemento religioso –tan caro a las ambientaciones almodovarianas y leit motiv frecuente del propio Sabina-, se encuentre aquí ausente. Las escobillas marcan el ritmo, mientras el piano acompaña a la voz y se bate a duelo en el solo con el trombón

Como en una escalera al cielo el disco sigue trepando y llegamos a un pico creativo: A la orilla de la chimenea, que demuestra uno de las mejores artes de Sabina, esto es, la creación de un clima interior totalmente cargado, clima de frío, de madrugada, donde a menudo se destilan verdades sobre la convivencia, con el dolor como materia prima. Forma un pareado con Amor se llama el juego. Ambos son temas donde el discurso penetra más a fondo en lo poético como paso necesario para operar sobre una zona donde los sentimientos y la reflexión crean una amalgama transitoria, como un elixir mágico o una fórmula milagrosa irremediablemente tardía. Sólo sirve para que ese sujeto de siglos acumule experiencia, arrugas y nostalgia. Una mirada a ciertos estados del alma que todos visitamos fugaz y eventualmente. La soledad del yo narrada a partir de la soledad del vos. Por supuesto, la música cumple su parte con maestría, en especial ese piano de García de Diego al límite de las lágrimas subrayando las frases de Sabina. Su voz comanda el tema con personalidad desde el inicio, luego, siguiendo el esquema clásico, se le irán agregando armonías. Buena síntesis entre el espíritu del texto y los arreglos, en especial el sincretismo de reunir, y bien, batería programada y violoncello. Este y el anterior tema tienen una estructura similar. Se concentran sobre en final en el puente-estribillo, salteando el motivo principal. A nivel artístico Sabina había subido un escalón. Un terreno donde Joaquín se hace fuerte es el de las enumeraciones. Las dos letras siguientes están armadas bajo ese principio. Desafío a cualquiera a encontrar otro tema con un caudal enumerativo como Todos menos tú (y que además se justifique como procedimiento en función de un efecto). En este caso muestra como en el mundo moderno la acumulación de personas y personajes puede ser una de las formas de la soledad comparables a la del hombre que recibe la llamada en el solitario escenario de “Crónicas Marcianas” de Bradbury. Primero el toque acústico y luego el rock sostienen la verborragia incontenible. La presencia de efectos sonoros (mar, teléfono…) aplaca en parte la monotonía melódica. Su fuerte reside en la producción. La estructura verso-estribillo provoca un clima de tensión y la consiguiente catarsis. Casi un derroche de esfuerzo poético.

La segunda es mi canción preferida de Sabina: la gloriosa La del pirata cojo, con su carga filosófica de vivir al filo que se entronca en toda una tradición española, desde Espronceda hasta Serrat, que tiene al ahora nobilizado pirata como romántica figura. Con su listado de destinos añorados, desde lo artístico a lo delictivo constituye un auténtico levanta pálidas que va tomando el envión necesario para el salto al vacío, ese magnífico estribillo que tiene el acabado de una fresca rima infantil que hubiera sido madurada y pulida a lo largo de generaciones: “La del pirata cojo con pata de palo/Con parche en el ojo, con cara de malo/El viejo truhán, capitán/De un barco que tuviera por bandera/Un par de tibias y una calavera”. El acompañamiento musical, tanto en este tema como en el anterior, guarda un justo recato ante la presencia dominante del texto. Se oye lo que se dice. El tema principal cede su lugar a un nuevo motivo melódico funcional a la enumeración (aquí la voz de Sabina, en el final de algunos versos, recuerda a la de Lennon en Mother).
Y según él, la escribió –simplemente- para que le bajara la fiebre a su hija Carmela.

La veta intimista de Física y Química es sencillamente abrasiva y uno de los puntos culminantes (de la veta, del disco, de la carrera de Sabina y de la tradición bolerística del siglo XX) es La canción de las noches perdidas, una versión más callejera y desquiciada de A la orilla..., con resabios de Tom Waits en la vocalización y un tratamiento musical donde soplan vientos graves de madrugada (trombón y clarinete para más detalles). “Miente como mienten todos los boleros...” dice el amargo texto e indica un conocimiento del tema en cuestión que posiciona al trío Sabina-Varona-De Diego como auténticos maestros del género, con una visión más “meta”, de parsimoniosa violación de sus reglas que inevitablemente deriva en una única conclusión posible: de-pu-ta-ma-dre. Si Negra Noche es la mirada de un cronista, ésta es la de un poeta.

Los cuentos que yo cuento entra en ritmo de vaudeville para contar una nueva alegoría montada sobre el intertexto bíblico (la anterior había sido Eva tomando el sol). Aquí el resultado es menos magnifico, pero eso se debe más al tono de broma que a otra cosa. Segundón pero inteligente al alumbrar la relación Biblia – capitalismo: “A Abel lo liquidaron y el crimen nunca se aclaró/Apenas se quedaron solos ya Caín y su ambición/Montaron un negocio en el terrenito de papá/Menudo par de socios: `Caín, demoliciones S.A´/ Hicieron del castillo un bodrio de urbanización/Aquel Edén sencillo se llama ahora Nueva York”. Para hacerse una idea de lo que es Física y Química, este podría ser uno de los temas descartables.
El solo de guitarra lleva al tema al terreno de un rockabilly a lo Carl Perkins.

Una curiosidad: los dos temas más aplaudidos y comerciales de Física y Química son los que celebran abiertamente el sexo (no el amor, el sexo). Se trata de Y nos dieron las diez y su, de alguna manera, continuación, Peor para el sol. Una vez más Sabina echa mano al recurso del diálogo para dramatizar momentos de duelo erótico entre el hombre y la mujer: “Nos sirvió para el último gramo/El cristal de su foto de bodas/No faltó ni el desfile de modas de ropa interior”. Duro, si se quiere. Si las historias se parecen (el muchacho y la chica se conocen, terminan en la cama y luego el muchacho no puede olvidarla), aquí se corrige el desencuentro anterior por un final feliz: “Volví al bar a la noche siguiente/A brindar con mi silla vacía/Me pedí una cerveza bien fría, entonces no sé/Si soñé o era tuya la ardiente/Voz que me iba diciendo al oído/`Me moría de ganas, querido, de verte otra vez´”.
La música está subordinada a la historia. El solo es desplazado al final para no interferir en el desarrollo narrativo. Sin puente entre estrofa y estribo, la primera varía sin perder su esencia a lo largo de cuatro estrofas.

Amor se llama el juego cierra la trilogía intimista (los otros son La canción de las noches perdidas y A orillas de la chimenea) que resume lo mejor del álbum: “El agua apaga el fuego y al ardor los años/Amor se llama el juego en el que un par de ciegos/Juegan a hacerse daño...”. Sabina suele ser brutalmente honesto y objetivo en su denuncia de los efectos corrosivos de la rutina (recordar Mentiras piadosas). Como quien está de vuelta de todas las experiencias su reflexión sobre la desintegración de la pareja no está cargada de culpas ni reproches: “...corazones que desbroza el temporal, carnes de cañón...”. Y hay que darle la razón a quien amó tanto. Es el otro tema, además de Y nos dieron las diez, íntegramente compuesto por Joaquín. Y ¿puede haber un techo más alto que esto para la madurez de un artista? Basta interpretarlo con voz, piano y madrugada, aunque tiene más arreglos y destaca el solo a dos guitarras.

El cierre es con Pastillas para no soñar, una buena receta contra los peligros de “vivir a mil” en tono irónico. Musicalmente tiene un motivo melódico entrañable sobre el cual los intrumentos se van sumando para un final a todo platillo al estilo de Hotel Dulce Hotel (esta vez con banda municipal). Un buen ejemplo de la fórmula de acumulación gradual de instrumentos típica de Garcia de Diego/Varona.
Nota: gracias a este tema, una noche del Gran Rex de Buenos Aires, se transformó en inolvidable con toda la orquesta desfilando comandada por el inefable Javier Gurruchaga, de frac rojo, y Joaquín batiendo los platillos (seguramente algunas cosas son agregadas, pero básicamente fue así). Deberías haber estado allí.

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