viernes, 29 de junio de 2012

AUTORREFERENCIA.

Uno de los momentos fundantes en la vida de un artista popular es cuando menciona por primera vez su propia obra. Eso significa que ha triunfado, es centro de interés, su discurso, su centro de interés se vuelve sobre sí mismo.
El joven aprendiz de pintor (1985) menciona a Calle melancolía (1980)
El rap del optimista (1988) a Pongamos que hablo de Madrid (1980)
Es mentira (1996) a La canción de las noches perdidas (1992 ) y Y nos dieron las diez (1992).
Aves de paso (1996) a Peor para el sol (1992), Besos con sal (1994) y Hotel, dulce hotel (1987)
Enemigos íntimos (1998) a Jugar por jugar (1996).

Autorreferencia.
Entiéndese por esos textos donde el autor habla sobre sí mismo.
En primer lugar habría que aclarar que toda escritura habla, en mayor o menor medida, de quien escribe. Toda poesía conlleva una función expresiva. A partir de lo dicho, de las valoraciones y los juicios de valor presentes en el texto, se puede reconstruir el lugar ideológico desde donde se habla.
Pero en realidad cuando se relaciona lo autorreferencial con Joaquín Sabina en realidad se está pensando en lo autobiográfico, que tiene más que ver con lo que el autor hizo o hace de su vida que con lo que piensa. Dice Sabina: “Yo creo que en las canciones que escribimos sobre lo que hicimos nos inventamos una biografía que no tuvimos. Por eso escribimos canciones. Si no, escribiríamos historia, ¿no?”. Justamente es la Historia el género que tiene un “compromiso con la verdad”; no así la literatura, donde reina “la invención”. El error –o la manía en el caso de muchos seguidores de Sabina- radica en pretender reconstruir la secuencia de hechos fácticos que constituyen la vida de un autor a partir de lo que escribe, obviando el componente ficcional de lo literario, esa licencia para inventar mencionada en la cita.
Para indagar en la vida personal del autor es más práctico procurarse una biografía (que no es otra cosa que un recorte arbitrario de hechos con lo cual su status de “cosa verdadera” también es relativo). A partir de esta base de datos se puede determinar el grado de referencia autobiográfica que encierran algunas canciones de Sabina comparando las coincidencias entre ambas series (biográfica y literaria). Entonces, podemos arriesgar que Carguen, apunten, fuego tiene componentes autobiográficos porque Sabina efectivamente hizo el servicio militar en el momento en que efectivamente estaba casado con una tal Lucía. Sabemos que Caballo de cartón los tiene por declaraciones del propio Sabina, lo mismo que Dieguitos y Mafaldas, aunque aquí las licencias son mayores. Dice Sabina al respecto “Suelo basarme en la realidad, lo cual no quiere decir que mis canciones sean una foto o una crónica; a veces son cosas que me han pasado. A veces son cosas que me han pasado maquilladas, a veces son cosas que me gustaría que me pasaran y a veces son cosas que le ha pasado a otra gente”.
Así las cosas, digamos que en Sabina, el personaje construído en sus canciones tiene algunos puntos de contacto con la vida de Joaquín Sabina y no más que eso: “No es el mismo el que canta que yo, aunque muchas veces se mezclan más de lo que quisiera. En todo caso, canto cosas que no me han pasado y no canto otras que me pasan porque nadie se las creería”. Lo interesante de la última cita es ese “se mezclan más de lo que quisiera” ya que ha sido el propio Joaquín responsable involuntario de este malentendido entre personaje y persona. Desde su segundo comienzo artístico (Malas Compañías) ha abundado en temas en primera, llenos de declaraciones principistas, que, como piezas de un rompecabezas, fueron dando forma, lentamente, a la figura del Sabina marginal, irreverente y descarriado en el imaginario popular. Citamos cuatro por citar: Pasándolo bien, Eh, Sabina, Whisky sin soda, Cuando era más joven.
Esta construcción tiene momentos históricos. Una vez creado el personaje, este adquirió una autonomía propia y Sabina pudo ampliar su horizonte referencial fuera de su propia imagen. A lo sumo, muy de vez en cuando, como por ejemplo en El blues de lo que pasa en mi escalera, nos recordaba que las cosas no habían cambiado: “A mis cuarenta y pocos tacos, ya ves tú, igual sigo de flaco, igual de calavera…”. La tercera etapa es aquella en la cual el personaje empieza a dar signos de cansancio. Se inicia con Tan joven y tan viejo, que podría ser una segunda parte de Whisky sin soda, pero (oh, detalle) en pasado: “Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos/Sobre el banco de un parque dormí como un lirón”. El personaje ha recorrido un largo y sinuoso camino. Los paisajes de su pasado son más amplios de que los del futuro. La magnífica estrofa final, una de las mejores que ha escrito Sabina, no hace más que confirmar –en su voluntad de persistencia- el paso del tiempo: “Así que de momento, nada de adiós muchachos/Me duermo en los entierros de mi generación/Cada noche me invento, todavía me emborracho/Tan joven y tan viejo, like a rolling stone”.
Su continuación natural es A mis cuarenta y diez, donde además de la reafirmación (“Pero sin prisas/Que a las misas de réquiem nunca fui aficcionado”) aparece la reflexión sobre lo vivido en relación a los riesgos que ese vivir acarrea: “Más antes que después/ he de enfrentarme al delicado momento/De empezar a pensar/En recogerme, de sentar la cabeza/De resignarme a dictar testamento/(Perdón por la tristeza)”.
Finalmente Camas vacías funciona como índice de que ese momento, finalmente, ha llegado: “Ya no cierro los bares ni hago tantos excesos, cada vez son más tristes las canciones de amor”. El personaje Sabina ha evolucionado junto con su autor y sus límites materiales (del propio cuerpo).
Entremezclada con este personaje seudo marginal, encontramos la construcción de una figura de artista a contrapelo del modelo de profesionalismo y ubicuidad política esperable por los intereses de quienes manejan mundo del espectáculo: “Pasé de logaritmos y de Cervantes/Y me vine a Madrid para ser cantante/Pero como cantaba con intención/Dos rombos le colgaban a mi canción” (Telespañolito; 1984). Con todo, esto no quita que durante todos estos años esta imagen le haya dado excelentes resultados desde el punto de vista del marketing. Digamos que a Sabina le ha gustado el papel de artista irreverente y anti profesional pergeñado en Eh, Sabina y otras canciones pero además en mayor o menor medida, lo ha sido efectiva y consecuentemente.
Esta construcción de figura de artista enmarca algunas zonas de reflexión interesantes:
a) el momento de transición, de pasaje de los márgenes del mundo del espectáculo al centro del mismo.
b) el artista como comerciante, que vende su mercancía como un bien más de consumo.
El joven aprendiz de pintor es el primer momento de reflexión seria de Sabina sobre su condición de artista, en él reflexiona con gran estilo sobre las paradojas del éxito: “Y qué decir del crítico que indignado me acusa/De jugar demasiado a la Ruleta rusa?/Si no hubiera arriesgado, tal vez me acusaría/De quedarme colgado en Calle Melancolía”. Capta como una fotografía dinámica los avatares del desplazamiento desde los márgenes hacia el centro del sistema mencionado anteriormente. Oiga Doctor es su continuidad natural, en un estilo ya más relajado y despreocupado: “Oiga doctor devuélvame mi depresión/Que ya no escribo una nota desde que soy feliz”. Más directo, en el verso final revela que “la cima se le está clavando en el culo”.
El destinatario fundamental de estos temas es la crítica. En El rap del optimista declara “Que se quede cojo de las tres piernas/Cierto crítico que hay por ahí/Si miento cuando digo que nunca pido/Consejos y jamás los di”. No hay mejor defensa que un buen ataque. Y los de Sabina tienen un estilo envidiable.

El artista como comerciante.
A diferencia de Bob Dylan, quien se inventó un pasado romántico a lo Woody Guthrie, Sabina jamás se preocupó en ocultar sus orígenes en el mundo de la música. No fue sino por necesidad abrazó el oficio de cantante en sus días de exilio londinense. Más tarde, su primer oficio dentro del mundo de la música fue de compositor más o menos por encargo para artistas de CBS. Lo de grabar él mismo llegó más tarde.
“Eh, socio, que esto es un negocio”, afirma descarnadamente en la excelente Lázaro, del LP conjunto con Fito Páez y concluye: “Echame una mano/Siéntate al piano/Eh, Fito, que te necesito”.
Siete crisantemos (“Lo que buenamente me den por la balada de la vida privada de Fulano de Tal”) y Vámonos pa´l sur (“¿Qué quereis? Aprendí a malvivir del cuento/Pintando autorretratos al portador…”) son otras confirmaciones de una realidad que Sabina jamás ha intentado ocultar: la del aspecto mercantil del artista.
Por si queda alguna duda, su editora musical se llama “El pan de mis niñas”.

La mención de la propia obra.
Uno de los momentos fundantes en la vida de un artista popular es cuando menciona por primera vez su propia obra. Eso significa que ha triunfado, es centro de interés, su discurso, su centro de interés se vuelve sobre sí mismo.
El joven aprendiz de pintor (1985) menciona a Calle melancolía (1980)
El rap del optimista (1988) a Pongamos que hablo de Madrid (1980)
Es mentira (1996) a La canción de las noches perdidas (1992 ) y Y nos dieron las diez (1992).
Aves de paso (1996) a Peor para el sol (1992), Besos con sal (1994) y Hotel, dulce hotel (1987)
Enemigos íntimos (1998) a Jugar por jugar (1996).

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