viernes, 29 de junio de 2012

MALAS COMPAÑÍAS - La reinvención artística.

 MALAS COMPAÑIAS (1982)
Calle Melancolía (Sabina) 4:26 – Que demasiao! (Sabina/Ripoll) 3:30 – Carguen, apunten, fuego (Sabina/Ramos) 3:42 – Gulliver (Sabina) 3:48 – Círculos viciosos (Sánchez Ferlosio) 4:02 – Pongamos que hablo de Madrid (Sabina/Sánchez) 4:05 – Manual para héroes o canallas (Sabina/Camacho/Romero) 3:11 – Bruja (Sabina) 4:27 – Mi amigo Satán (Sabina)4:17 – Pasándolo bien (Sabina) 2:41.

Luego de la aceptación relativa de Inventario, Sabina dejó su carrera de periodista en 1979 y asumió oficialmente la de músico ¿podríamos decir “underground”? El hito más importante fue la sociedad con Javier Pérez y Javier Krahe para actuar en el (ahora mítico) bar “La Mandrágora” y llenarlo cada noche en base a humor, crítica social y desfachatez. En ese contexto nacen los temas de Malas Compañías, disco que marca un nuevo comienzo luego del negado –y ya lejano- Inventario. Obviamente hay un corte abrupto en lo temático: el abandono del motivo político (en el sentido más restringido del término; en términos generales toda la poesía de Sabina es política). Ese vacío es llenado por una diversificación que encuentra los mayores logros en el impresionismo urbano (Pongamos que hablo de Madrid, Calle Melancolía, Que demasiao!); mientras que el anterior posicionamiento colectivo desde la izquierda, que establecía la oposición nosotros-ellos se resuelve en un yo individualista, provocador en lo social pero bastante inofensivo (Mi amigo Satán, Manual para héroes o canallas).

A diferencia de Inventario, Sabina contó en esta colección con una banda estable que le permitió tomar más decisiones en lo musical: Hilario Camacho, J.A. Romero, J. Torres, D. Thomas, P. García Martínez, J.A. Galicia, P. Ojesto, E. Martínez y J. V. Aguirre. La producción corrió a cargo de José Luis de Carlos y los arreglos son de Hilario Camacho y José María Ripoll. Por supuesto, lo musical ocupa un lugar subalterno en relación con letrístico pero es irreprochable en tanto creación y alteración de climas que agregan su propia información a las historias que se cuentan. Por ejemplo en lo vocal hay mayor trabajo armónico con segundas voces que realzan los temas en los momentos justos. Melódicamente prima la mesura, con temas cuyos puentes nunca pegan el salto o estribillos tomados del tema principal. Hay un predominio de lo acústico y algún toque muy moderado de sintetizador.

Como para resaltar más el hiato que condena Inventario a la categoría de obra prehistórica, Ruleta Rusa arranca con un clásico: Calle Melancolía. El sujeto finalmente ha cumplido la promesa vital formulada en el disco anterior y se ha desplazado a la ciudad, lugar de reunión de todo lo bueno y lo malo. La novela de aprendizaje ha comenzado y el sujeto sufre los reveses de la vida. Entonces paradójica o lógicamente descubre que añora el campo. Los primeros dos versos resumen todo el planteo: “Como quien viaja a lomos de una yegua sombría/Por la ciudad camino, no pregunteis a dónde”. A lo largo del texto la desorientación provocada por el nuevo espacio buscará su explicación a través de comparaciones que remiten al lugar anterior, lugar del conocimiento previo: “Trepo por tu recuerdo como una enredadera que no encuentra ventana donde agarrarse”. Es una canción de amor, (de amor y de pérdida) y el espacio-prisión de la rutina cotidiana habilita la evocación del sitio añorado (acaso el lugar idílico de la infancia) y las comparaciones en detrimento del nuevo: “Ya el campo estará verde/Debe ser primavera/Cruza por mi mirada un tren interminable/El barrio donde habito no es ninguna pradera/Desolado paisaje de antenas y de cables”. Si se compara esta situación rutinaria con la planteada 40 Orssett Terrace el contrasentido es fuerte. Esta retracción y este aislamiento serán pasajeros en la poética sabiniana. En lo sucesivo no habría demasiados estados similares para situaciones semejantes.
Sabina, poeta básicamente referencial y comprensible, redobla el nivel metafórico para representar la interioridad depresiva del sujeto y su evaluación de la ciudad: “Por las paredes ocres se desparrama el zumo/De una fruta de sangre crecida en el asfalto”.

Coherentemente, presenta una instrumentación apacible, con arpegios que acarician y refuerzan el clima de leve nostalgia campesina. El contrabajo marca el ritmo junto a una percusión suave y sinuosa, como a lomo de mula. Hay un buen solo de acústica. El estribillo debe más a la presencia de coros y a su reiteración que a una clara distinción melódica.

El clima acústico continúa en Que demasiao! Hay un contrabajo enorme, una batería a base de charleston, armónica y dos guitarras que compiten en buen gusto (incluído el solo slide) en este “blues de cuatro tiempos”. Suena a garage, a primera toma. Excelente. Otro clásico para una magnífica celebración del marginado: “Hijo de la derrota y el alcohol /Sobrino del dolor/Primo hermano de la necesidad”. Si las nuevas generaciones ya no tienen la lucidez o la conciencia política para resistir colectivamente y optan por salidas desesperadas, no por eso se pierde de vista lo verdaderamente censurable, la perversidad del sistema capitalista: “Chorizo y delincuente habitual/Contra la propiedad/De los que no te dejan elegir”. Consecuentemente la muerte vuelve. Ya no posee el signo político de Inventario, es un mero suceso individual, pero no por eso menos heroico. Porque dentro del propio mundo de la marginación, esos actos aparentemente nihilistas recuperan todo su sentido reivindicatorio, de resistencia. Por eso mismo “Las chavalas del barrio sueñan con/Robarte el corazón /Si el sábado la llevas a bailar”. La propia genealogía del personaje lo inscribe en una tradición que configura sus actos como naturales y justificables: “Tu madre apura el vino que has mercao/Y nunca ha preguntao ‘De donde sale todo este parné?’”.

Con una textura parecida a la de Calle Melancolía pero en un molde más rock llega Carguen, apunten, fuego y la rutina del soldado recluta. Algunos datos referenciales y ciertos comentarios sugieren un origen autobiográfico: “Las siete de la tarde, quisiera estar borracho/Hace ya dos semanas que Lucía no me escribe”. Si bien en su vida real regresó voluntariamente a España -luego de la muerte de Franco, claro- para cumplir con el Servicio militar, el soldado que construye Sabina delata una España donde la tiranía ha dejado sus huellas y sus instituciones para rato. Así, la representación desciende del soldado miliciano y libertario de Inventario a una más trivial y realista del soldado recluta con un discurso cercano al diario personal, más hastiado que patriótico: “El capitán nos habla del amor a la patria/El sargento del orden y de la disciplina/Los soldados dormitan cuentan los días que faltan/O se llenan la panza de vino en la cantina”. Sabina ubica estratégicamente al sujeto en el día de licencia como para contrastar esa rutina con el mundo anhelado del exceso y el disfrute : “No para de llover ‘camarero, otra copa’/Con alcohol se hace menos monótona la mili”. (Compárese este modelo de soldado con el que construye Silvio Rodríguez en La guitarra del joven soldado y otros temas, fruto de la revolución).
Un riff de acústica sostiene al tema sobre un trabajo muy marcado de la batería. Consigue un ritmo lo suficientemente contagioso para sobrellevar bien lo uniforme de la instrumentación y la semi-monotonía melódica a tono con la vida del cuartel.

Arpegios mansos enmarcan la entrada de Gulliver. Si quedaba alguna duda respecto del giro ideológico que ha tomado Sabina luego de Inventario, este tema deja las cosas harto claras. Con el antecedente del disco anterior, uno imagina a priori –desde el título mismo- una historia de débiles reunidos para derrotar al poderoso, una historia socialista. La primera estrofa parece confirmarlo: “Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver/Todos los hombres de corazón diminuto/Armados con palos y con hoces/Asaltarán al único gigante”. El rencor (de clase) más la hoz parece no dejar dudas al respecto. Pero a partir del verso siguiente el signo empieza a invertirse y descubrimos que el sujeto poético toma partido por el gigante y que no se habla de rebelión contra el poder sino de envidia ante la grandeza. Sabina está adelantando una oposición que terminará de desarrollar plenamente en El Hombre Del Traje Gris: la individualidad del artista en oposición a la masa de hombres comunes. La caracterización final del “gigante” parece estar respondiendo, prospectivamente- a Palabras como cuerpos, del disco anterior. Gulliver-Sabina cumplirá ese destino prohibido despertando la ira de “ellos” (los enanos). Será el loco en el país de los cuerdos, se divertirá en el país de los serios, etc. Pero al mismo tiempo hay innegablemente hay una mirada romántica del artista como genio superior (“el sabio en el país de los necios, la voz que clama en el desierto, etc”) y es allí donde el discurso social(ista) hace agua.

Tiene un tratamiento musical “de acumulación”. Arranca con voz y acústica, a poco se agrega el contrabajo; luego, unos cortes anuncian la subida de tensión y termina en plan pop, con la guitarra y las voces largadas a improvisar. El tema entra en metro en la última parte, cuando se define melódicamente. Antes parece dominado por lo emocional. Dos notas llevan el ritmo uniforme de salsa de Círculos viciosos generando un bache en la continuidad de rock acústico del disco. Un divertimiento donde la atención es acaparada por el texto (de Sánchez Ferlosio) en forma de diálogo que va construyendo historias que encierran (y cierran en) paradojas a partir de las cuales la sabiduría popular ilumina ciertos aspectos de las relaciones de poder y la conducta humana. Sabina comparte el micrófono con una voz que no figura en los créditos.

Pongamos que hablo de Madrid es el primer homenaje formal (el siguiente será Yo me bajo en Atocha) a la ciudad que Sabina adopto como patria. Ciudad compleja y contradictoria como sus heroínas, el Madrid post Franco de los 80, es el escenario propicio para la tragicomedia urbana: “Allá donde se cruzan los caminos/Donde el mar no se puede concebir/Donde regresa siempre el fugitivo/Pongamos que hablo de Madrid”. Un Aleph geográfico que reúne todo lo bueno y lo malo, lugar de la multitud que permite el ocultamiento, el anonimato.Waste Land de la libertad al cual se dirigió Sabina como Lennon a New York, buscando el centro neurálgico de “la movida” post franquista: “Los pájaros visitan al psiquiatra/Las estrellas se olvidan de salir/La muerte pasa en ambulancias blancas/Pongamos que hablo de Madrid”. La ciudad en Sabina es motivo de celebración justamente por su carácter contradictorio. Sobre el final vuelve la añoranza del espacio bucólico: “Cuando la muerte venga a visitarme/Que me lleven al sur donde nací/Aquí no queda sitio para nadie”. La ciudad sigue siendo el mal lugar que es, pero es el destino que se ha escogido y se es fiel a él. (De hecho en una segunda versión Sabina varía el final: “Cuando la muerte venga a visitarme/No me despiertes, déjame dormir/Aquí he vivido, aquí quiero quedarme”). Podría ser una segunda parte de Calle Melancolía, una mirada posterior, más meditada. De hecho es su continuación musical, con su textura tersa de guitarra y bajo intercambiando notas con maestría, sobre ese fondo ingresa la voz cruda y desafiante hasta que el sintetizador anuncia la entrada a full de la banda para un final más uniforme a nivel instrumental. Buena batería. Con un clima sensual y relajado de bossa nova, ideal para abrir un show de Night Club aparece Manual para héroes o canallas (manual de malos consejos, claro), una de las primeras declaraciones de principios mediante las cuales Sabina cimentará la construcción de su colosal personaje marginal. Y hay que decir que por ser la primera es harto inmadura y superficial, apenas un decálogo que se queda en poses inquietantes e inseguras. Por momentos incluso parece recurrir a modelos anacrónicos de los años ´40 (“Preferir (…) el infame pañuelo a la corbata (…) vestir negro luto los domingos”.
Tiene un acoplado trabajo de percusión y toques sutiles de guitarra que prácticamente anulan la necesidad de un solo (recién aparece en la coda, mitad sintetizador, mitad guitarra en medio del tarareo de despedida). Luego de un puente hacia la nada, la canción vuelve a su tema original.

Desafortunadamente, a partir de aquí el álbum entra en una pendiente en la cual encontramos más poses que inspiración. Ni Bruja, ni Mi amigo Satán presentan valores artísticos dignos de destacar. El primero tiene un estribillo algo flojo y es doblemente misógino en su aproximación al personaje femenino. Por un lado la utilización del término “bruja” (que en el futuro reaparecerá pero más en situaciones más cómicas) y por otro, el papel reservado a la mujer en la vida del personaje: “¿Que van a decir todos los que a ti bruja te llaman/ Si saben que lloras, besas, te enamoras y me haces la cama?”. La inversión semántica en el tratamiento del personaje es típica del tratamiento de Sabina del imaginario de cuentos de hadas, y del romanticismo. Lo mejorcito es el solo.
Nota curiosa: Marilyn, la reina y el príncipe azul volverán a aparecer en Ring ring ring, del disco siguiente.

Mi amigo Satán pretende hacer gala de una ideología contracorriente y de alguna manera es una vuelta a Inventario con su relato de derrota y exilio. Como Fausto, el sujeto narrador es visitado por el demonio: “Hace muchos siglos -me dijo- en el cielo /Hubo una sangrienta revolución/ Un grupo de ángeles nos levantamos/Contra el poder absoluto de Dios/Como todo vencido conocí el exilio/La calumnia, el odio y la humillación”. La fortaleza lírica reside en su poder revelador. Hay sin duda una relación entre la idea de Dios y las prácticas absolutistas y es una idea perturbadora, porque si de hecho el poder corrompe ¿por qué alguien “todopoderoso” debería ser un ente positivo? Si embargo la elección del sujeto luego de semejante iluminación es de una gratuidad criminal y de un nihilismo que desorienta y parece abonar fatalmente el terreno discursivo de la derecha represora: “Desde entonces robo, bebo, mato, arrastro/Una miserable vida criminal/Pues sé que a la muerte me estará esperando/En el dulce infierno, mi amigo Satán”. Como en Manual para héroes o canallas, el resultado es un individualismo ideológica y políticamente inofensivo.

Pasándolo bien, el tema de cierre consigue levantar un poco el clima. El texto -auténtica declaración de principios- anticipa el futuro Eh, Sabina, con su figura de rocker irreverente y sus respuestas irónicas a las críticas: “Creen porque la gente no habla ya de mí/Que estoy mas acabado que Antonio Machín/Dense prisa si me quieren enterrar/Pues tengo la costumbre de resucitar”. El predominio del estribillo lo hace un tema fiestero pa’ arriba. Con su simpleza roquera y su toque eléctrico continúa la tradición de preanunciar en el tema de cierre la orientación del siguiente disco.

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